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Introducción (por Desiderio Navarro)

«Ya yo me enteré, mulata, / mulata, ya sé que dise / que yo tengo la narise / como nudo de cobbata. / Y fíjate bien que tú / no ere tan adelantá, / poqque tu boca e bien grande, y tu pasa, colorá.» Difícilmente se podría hallar una representación literaria más sintética de la completa introyección de los cánones estéticos corporales de la cultura capitalista occidental blanca y la consiguiente descalificación del otro y de sí mismo desde el punto de vista de esos cánones. La «pasa» o cabello ensortijado, la «bemba» o labios gruesos, la «ñata» o nariz corta y chata –formas particulares de importantes rasgos de antropología física que nuestro último censo de población no registró, junto al color de la piel, como índice racial («étnico» dirían nada científicamente los eufemistas), convirtiendo en «blancos» a tantos «jabaos» y demás mestizos de piel clara y hasta rubios y de ojos verdes–, son no sólo rasgos físicos que le permiten al racista distinguir a las mujeres y hombres que pueden ser objeto de su trato discriminatorio, explotador o/y paternalista, sino también rasgos marcados estéticamente como «feos», «grotescos», ora amenazadores ora cómicos, pero siempre «deformes» respecto al supremo canon occidental de belleza, que, hace mucho ni griego ni romano, es, globalización imperial mediante, cada vez más «arioyanqui», cada vez más piel blanca, cabello lacio y rubio, ojos verdes o azules, y labios y nariz finos (no es casual que en China, con la irrupción arrolladora de la economía de mercado y la globalización cultural a la americana, se esté produciendo una creciente «rubización» que ya hace unos meses en el Shanghai Star un artículo crítico de Zhu Qi lamentaba así: «Mire a su alrededor en las calles de Shanghai y le apuesto a que el 80 por ciento de los chinos que usted vea se han cambiado el color del pelo.»). Y esa doble calificación estética, positiva y negativa, ocurre no sólo a causa de la celebración de modelos blancos en la cultura visual cotidiana que fija y ratifica patrones de belleza y educa en ellos desde la temprana infancia a blancos, negros y mestizos por igual a través de revistas de moda, programas televisivos, anuncios publicitarios, obras cinematográficas, etc.: tanto o más importantes en esa «educación estética» son, por una parte, el carácter exclusivo de esa celebración, o sea, la exclusión de cualquier patrón de belleza racialmente diferente –exclusión tanto más completa cuanto más rasgos físicos particulares aparten a ese patrón del ideal «ario-yanqui» (paradójicamente, la más frecuente presencia de negro/as en la televisión de la Cuba socialista como galanes/beldades protagónicos o co-protagónicos se registra en la «porción» cinematográfica estadounidense de la programación)–, y, por otra, la inclusión de personas negras, actores reales o sujetos imaginarios, en espectáculos o chistes o caricaturas en los que sus rasgos físicos raciales son objeto de denigración estética (como en tanto humor racista que hoy circula tranquilamente en cabarets y casetes por toda Cuba) y, lamentablemente, también de autodenigración estética (recuérdese, entre tantos otros, al local «Bonkó Kiñongo» de Sabadazo).

No hay que asombrarse, pues, de que, en contextos racistas, a las razones para disimular y negar la propia condición física de negro (posibilidad de avance y éxito social, acceso a ciertos trabajos y medios, etc.) se hayan unido desde hace mucho las razones estéticas como razones suficientes para tratar de ser menos negro y más blanco; ni de que para lograr eso se apele a procedimientos primitivos o sofisticados, más o menos dolorosos, molestos o costosos, como los tratamientos químicos/térmicos para el blanqueamiento de la piel y el alisamiento del pelo (con los correspondientes estilos «blancos» de peinado), las lentes de contacto de color, la cirugía plástica de nariz y labios, etc., aunque puedan conducir a catástrofes estéticas y médicas como la célebre «nariz terminal» de Michael Jackson.

Mucho han escrito ya sobre raza, racismo y belleza –en particular femenina– autores de habla inglesa como Maxine Leeds Craig, Naomi Wolf, Noliwe M. Rooks, Ingrid Banks, Marcia Ann Gillespie, Anne Anlin Cheng, Alice Walker, Paul C. Taylor (v. su artículo en Criterios 34) y bell hooks. El texto de esta última que aquí ofrecemos es un brillante aporte al desmantelamiento del racismo estético en las mentes de las personas blancas, mestizas y negras, y sobre todo en estas últimas no sólo como un factor decisivo de ese desmantelamiento en las primeras, sino también, y sobre todo, como un indispensable desbroce para una vida auténtica de autorrealización y autoafirmación individual y colectiva, para una convivencia confortable y gratificante con el cuerpo en el que uno se reconoce visualmente, táctilmente, sensorialmente en general. Aún más productivo que el orgullo de sí promovido teóricamente por aquella sentencia estética contracultural de los 60, «black is beautiful», resulta el disfrute de la propia compañía e identidad puesto de manifiesto por explicaciones vivenciales individuales como la que ofrece hooks de la elección de su propia apariencia corporal: le gusta cómo se siente al tacto el cabello no procesado. Por cierto, a mí también.


Alisando nuestro pelo* (por bell hooks)

En las mañanas de los sábados nos reuníamos en la cocina para arreglarnos el pelo, es decir, para alisárnoslo. Los olores de grasa y pelo quemado se mezclaban con el aroma de nuestros cuerpos recién bañados, con hojas de berza cocinándose sobre la estufa, con pescado frito. No íbamos a la peluquería. Mi mamá nos arreglaba el pelo. Seis hijas: no había modo de que pudiéramos habernos permitido pagar peluqueras. En aquellos días, este proceso de alisar el pelo de las mujeres negras con un peine caliente (inven tado por Madame C. J. Waler) no estaba ligado en mi mente al esfuerzo de parecer blancas, de llevar a la práctica los patrones de belleza establecidos por la supremacía blanca. Estaba ligado solamente a ritos de iniciación en la condición de mujer. Llegar a ese punto en el que a una le podían alisar el cabello era pasar de ser percibida como una niña (cuyo cabello podía estar bellamente peinado y trenzado) a ser casi una mujer. Ese momento de transición era el que mis hermanas y yo anhelábamos. El planchado del cabello era un ritual de la cultura de las mujeres negras –de intimidad. Era un momento exclusivo en el que las mujeres negras (incluso las que no se conocían bien unas a otras) podían encontrarse en el hogar o en el salón de belleza para conversar unas con otras, para escuchar la conversación. Era un mundo tan importante como el de la barbería de los hombres: misterioso, secreto. Era un mundo en el que las imágenes construidas como barreras entre la identidad de una y el mundo eran soltadas brevemente, antes de ser rehechas. Era un momento de creatividad, un momento de cambio. Yo quería ese cambio aunque toda mi vida se me había dicho que yo era una de las «dichosas» porque había nacido con «buen pelo» –un cabello que era fino, casi lacio–, no suficientemente bueno, pero todavía bueno. Cabello que no tenía bordes ensortijados, no tenía «cocina», esa área cercana al cuello que el peine caliente no podía alcanzar. Este «pelo bueno» no significaba nada para mí cuando se erguía como una barrera para mi ingreso en ese mundo secreto de la mujer negra. Yo rebosé de alegría cuando mi mamá finalmente accedió a que yo pudiera sumarme al ritual del sábado, no ya observándolo, sino esperando pacientemente mi turno.

Sobre ese ritual he escrito lo siguiente:

Para cada una de nosotras, el que nos planchen el pelo es un ritual importante. No es un signo de nuestro anhelo de ser blancas. No hay blancos en nuestro mundo íntimo. Es un signo de nuestro deseo de ser mujeres. Es un gesto que dice que nos estamos acercando a la condición de mujer […] Antes de que alcancemos la edad apropiada, usamos trenzas, trenzas que son símbolos de nuestra inocencia, nuestra juventud, nuestra niñez. Entonces, las manos que separan, peinan y trenzan nos confortan, la intimidad y la dicha nos confortan.

Hay una intimidad más profunda en la cocina los sábados cuando se plancha el cabello, cuando se fríe pescado, cuando se pasan rondas de sodas, cuando la música soul flota sobre la conversación. Es un tiempo sin hombres. Es un tiempo cuando trabajamos como mujeres para satisfacer unas las necesidades

de las otras, para hacernos sentir bien interiormente unas a

otras, un tiempo de risa y de tremenda conversación.

Puesto que el mundo en que vivíamos estaba segregado racialmente,

era fácil pasar por alto la relación entre la supremacía blanca y nuestra

obsesión con el cabello. Aunque las mujeres negras con pelo lacio eran

percibidas como más hermosas que las que tenían pelo grueso, rizado, eso

no era relacionado abiertamente con la idea de que las mujeres blancas eran un grupo femenino más atractivo o de que su pelo lacio establecía un patrón de belleza que las mujeres negras estaban luchando por llevar a la práctica. Aunque éste fue probablemente el marco ideológico del que emergió el proceso de alisamiento del cabello de la mujer negra, fue ampliado de modo que devino un espacio real de formación de íntimos vínculos personales de la mujer negra mediante la experiencia ritualizada, compartida. El salón de belleza era un espacio de aumento de conciencia, un espacio en el que las mujeres negras compartían cuentos de la vida –penurias, tribulaciones, chismes–; un lugar en el que una podía ser confortada y renovar su espíritu. Para algunas mujeres era un lugar de descanso donde una no tenía que satisfacer las exigencias de niños u hombres. Era la hora que algunas pasarían «descansando», un tiempo calmante, sosegado, de meditación y silencio. Estas positivas implicaciones capacitantes del ritual del planchado del pelo median, pero no cambian las implicaciones negativas. Existen al lado de todo lo que es negativo.

Dentro del patriarcado capitalista supremacista, el contexto social y político en que surge la costumbre de los negros de alisarnos el cabello, ésta representa una imitación de la apariencia del grupo blanco dominante y a menudo indica un racismo interiorizado, odio de sí mismo y/o una baja autoestima. Durante los años 60 los negros que trabajaban activamente para criticar, desafiar y cambiar el racismo blanco señalaron cómo la obsesión de los negros con el pelo lacio reflejaba una mentalidad colonizada. Fue en ese entonces que el peinado natural, el «afro», se puso de moda como un signo de la resistencia cultural a la opresión racista y como una celebración de la condición de negro. Los peinados naturales eran equiparados con la militancia política. Muchos jóvenes negros hallaron exactamente cuánto valor político se ponía en el pelo alisado como signo de respetabilidad y conformidad con las expectativas de la sociedad cuando dejaron de alisarse el cabello. Cuando las luchas de liberación negras no condujeron al cambio revolucionario en la sociedad, se dejó de concentrar la atención en la relación política entre apariencia y complicidad con el racismo blanco y la gente que otrora habían llevado ostentosamente afros comenzaron a alisarse el cabello.

No quedándose atrás de la maniobra para suprimir la conciencia negra y los esfuerzos por ser personas que se autodefinen, las corporaciones blancas comenzaron a reconocer a los negros y, de manera especialísima, a las mujeres negras, como consumidores potenciales de productos que ellas podían suministrarles, incluyendo productos para el cuidado del cabello. Permanentes especialmente concebidos para las mujeres negras eliminaron la necesidad del planchado del pelo y el peine caliente. Esos permanentes no sólo costaban más, sino que también se llevaban mucho de la economía y ganancia de las comunidades negras, de los bolsillos de las mujeres negras que anteriormente habían cosechado los beneficios materiales (véase Cómo el capitalismo subdesarrolló la América negra, de Manning Marable, South End Press). Había desaparecido el contexto del ritual, de la formación de íntimos vínculos personales de la mujer negra. Sentadas bajo las ruidosas secadoras del cabello, las mujeres negras perdieron un espacio para el diálogo, para la conversación creativa.

Despojado de los rituales de formación de íntimos vínculos personales positivos que rodeaban tradicionalmente la experiencia, el alisamiento del cabello en las mujeres negras parecía, cada vez más, exclusivamente un significante de la opresión y la explotación supremacistas blancas. Era claramente un proceso en el que de lo que se trataba era de que las mujeres negras estaban cambiando su apariencia para imitar las apariencias de los blancos. Esta necesidad de tener una apariencia lo más parecida posible a la de los blancos, de tener una apariencia inocua, está relacionada con un deseo de triunfar en el mundo blanco. Antes de la desegregación, los negros podían preocuparse menos sobre lo que los blancos pensaban sobre su cabello. En una discusión sobre la belleza con mujeres negras en el Spelman College, las estudiantes hablaban sobre la importancia de llevar lacio el pelo cuando se busca empleo. Estaban convencidas, y probablemente con toda razón, de que sus oportunidades de hallar buenos empleos aumentarían si tuvieran pelo lacio. Cuando se les pedía que se explicaran en detalle, se concentraban en la conexión entre las políticas radicales y los peinados naturales, fueran sin trenzas o con ellas. Una mujer que llevaba un peinado natural corto habló de comprar una peluca lacia para su búsqueda de empleo. Ninguna participante en la discusión pensaba que las mujeres negras éramos libres de llevar nuestro cabello en estilos naturales sin reflexionar sobre las posibles consecuencias negativas. A menudo los adultos negros de mayor edad, especialmente los padres, responden del todo negativamente a los peinados naturales. Le conté al grupo que, cuando llegué a casa con mi cabello hecho trenzas poco después de aceptar mi empleo en Yale, mis padres me dijeron que yo tenía un aspecto desagradable.

A pesar de muchos cambios en la política racial, las mujeres negras continúan obsesionándose con su cabello, y el alisamiento del cabello sigue siendo un asunto serio. Sigue aprovechando la inseguridad que las mujeres negras sentimos respecto a nuestro valor en esta sociedad supremacista blanca. Conversando con grupos de mujeres en diversas ciudades universitarias y con mujeres negras en nuestras comunidades, vi que parece haber un consenso general en cuanto a que nuestra obsesión con el cabello en general refleja continuadas luchas con la autoestima y la autorrealización. Hablamos sobre el grado en que las mujeres negras perciben su pelo como el enemigo, como un problema que debemos resolver, un territorio que

debemos conquistar. Sobre todo, es una parte de nuestro cuerpo de mujer

negra que debe ser controlado. La mayoría de nosotras no fue criada en

ambientes en los que aprendiéramos a considerar nuestro cabello como

sensual o hermoso en un estado no procesado. Muchas de nosotras hablamos

sobre situaciones en las que personas blancas nos piden que les dejemos tocar nuestro pelo cuando no está procesado y entonces se muestran sorprendidas de que la textura es suave o es agradable al tacto. A los ojos de mucha gente blanca y otras gentes no negras, el afro natural parece estropajo de acero o un casco. Las respuestas a los estilos de peinado naturales llevados por mujeres negras revelan comúnmente el grado en que nuestro cabello natural es percibido en la cultura supremacista blanca no sólo como feo, sino como atemorizante. Nosotras también interiorizamos ese miedo. El grado en que nos sentimos cómodas con nuestro cabello comúnmente se refleja en nuestros sentimientos generales respecto a nuestros cuerpos. En nuestro grupo de apoyo de las mujeres negras, Hermanas del Yam, platicamos sobre los modos en que no nos gustan nuestros cuerpos, especialmente nuestro cabello. Le he sugerido al grupo que consideremos nuestro cabello como si no fuera parte de nuestro cuerpo, sino algo completamente separado –de nuevo un territorio que se ha de controlar.

Para mí era importante que vinculáramos esta necesidad de controlar a la sexualidad, a la represión sexual. Teniendo curiosidad sobre qué pensaban las mujeres negras que se habían dado peine caliente o se habían hecho permanentes sobre la relación entre el cabello alisado y la práctica sexual, pregunté si la gente se preocupaba por el peinado de ellas, si temían que sus parejas tocaran su cabello. Siempre me ha parecido que el cabello alisado llama la atención sobre el deseo de que el pelo permanezca en su lugar. No es sorprendente que muchas mujeres negras respondieran que se sentían incómodas si se concentraba demasiada atención en su cabello, si éste parecía estar demasiado desordenado. Aquellas de nosotros que hemos liberado nuestro cabello y lo dejamos ir en cualquier dirección en que parezca adecuado, a menudo recibimos comentarios negativos.

Mirando fotografías de mí misma y de mis hermanas cuando teníamos el cabello alisado en la escuela de segunda enseñanza, noté cuánto más edad parecíamos tener que cuando nuestro cabello no estaba procesado. Es irónico que vivamos en una cultura que pone tanto énfasis en que las mujeres tengan una apariencia joven, pero se anime a las mujeres negras a cambiar su cabello en modos que nos hacen parecer más viejas. El pasado semestre leíamos El ojo más azul de Toni Morrison en una clase de ficción de mujeres negras. Les pedí a los estudiantes que escribieran comunicaciones autobiográficas que reflejaran lo que pensaban sobre la relación entre raza y belleza física. Una amplia mayoría de las mujeres negras escribió sobre su cabello. Cuando les pregunté a algunas por separado fuera de la clase por qué continuaban alisando su cabello, muchas aseveraron que los peinados naturales no lucían bien en ellas, o que éstos requerían demasiado trabajo. Emily, una estudiante favorita con el cabello muy corto, siempre se lo alisaba y yo la fastidiaba y desafiaba. Ella me explicó convincentemente que un peinado natural luciría horrible con su cara, que ella no tenía la frente o estructura ósea apropiada. Más tarde me contó que durante el receso de primavera había ido a la peluquería a hacerse el permanente y mientras estaba sentada esperando, pensando sobre la lectura y discusión de la clase, le vino a la mente que estaba realmente aterrada de que nadie más pensaría que ella era atractiva si no se alisaba el cabello. Reconoció que ese miedo estaba enraizado en sentimientos de baja autoestima. Decidió hacer un cambio. Su nueva apariencia la sorprendió porque era muy atractiva. Conversamos después sobre su anterior negativa y justificación para llevar el pelo alisado. Conversamos sobre cómo duele darse cuenta de la relación entre la opresión racista y los argumentos que usamos para convencernos a nosotros mismos y a los otros de que no somos hermosos o aceptables como somos.

En numerosas discusiones con mujeres negras acerca del cabello se puso de manifiesto que uno de los más poderosos factores que les impiden a las mujeres negras llevar estilos de cabello no procesado es el temor de perder la aprobación y consideración de otras personas. Las mujeres negras heterosexuales hablaron sobre el grado en que los hombres negros responden más favorablemente a las mujeres con el cabello lacio o alisado. Las lesbianas señalan el hecho de que muchas de ellas no se alisan el cabello, suscitando la interrogante de si ese gesto está vinculado fundamentalmente o no al heterosexismo y a un anhelo de la aprobación del varón. Recuerdo haber visitado a una amiga y su pareja, un hombre negro, en Nueva York, hace años, y haber tenido una intensa discusión sobre el cabello. Se encargó de decirme que yo podría ser una excelente hermana si hacía algo respecto a mi cabello (para mis adentros pensé que mi mamá debió haberlo contratado). Lo que recuerdo es su shock cuando con calma y entusiasmo aseveré que me gustaba cómo se sentía al tacto el cabello no procesado.

Cuando los estudiantes leen sobre raza y belleza física, varias mujeres negras describen períodos de su niñez cuando estaban agobiadas por el anhelo del pelo lacio ya que estaba tan asociado con la deseabilidad, con ser amado. Pocas mujeres habían recibido apoyo de su familia, amigos o parejas amorosas cuando decidían no alisarse el cabello y tenemos muchas historias que contar sobre el consejo que recibimos de todo el mundo, incluso de personas completamente extrañas, instándonos a entender cuánto más atractivas seríamos si arregláramos (alisáramos) nuestro cabello. Cuando tenía la entrevista para mi trabajo en Yale, consejeras blancas que nunca antes habían hecho ningún comentario sobre mi cabello me animaron a no llevar trenzas o un peinado natural grande a la entrevista. Aunque ellas no decían «alisa tu pelo», estaban sugiriendo que cambiara mi estilo de cabello de modo que se pareciera en el más alto grado al de ellas, de modo que indicara cierta conformidad. Llevé trenzas y nadie pareció notarlo. Cuando se me ofreció el empleo, no pregunté si importaba o no que yo llevara trenzas. Les cuento esta historia a mis estudiantes para que sepan por esta única experiencia que no siempre tenemos que renunciar a nuestra capacidad de ser personas que se autodefinen para tener éxito en un empeño. Pero he hallado que la cuestión del estilo del cabello se presenta una y otra vez con los estudiantes cuando doy conferencias. En una conferencia sobre mujeres negras y liderazgo, entré en un auditorio repleto, con mi pelo sin procesar incontrolado y todo fuera de lugar. La gran mayoría de las mujeres negras que allí estaban sentadas tenían el cabello alisado. Muchas de ellas me echaban hostiles miradas de desdén. Sentí como si estuviera siendo juzgada allí mismo como una marginal, una indeseable. Tales juicios se hacen especialmente sobre las mujeres negras que en los Estados Unidos deciden llevar drelos. Son consideradas, y con toda razón, como la antítesis total del alisamiento del cabello, como una declaración política. A menudo las mujeres negras expresan desprecio por aquellas de nosotros que escogemos esta apariencia. Irónicamente, al mismo tiempo que el cabello no procesado natural de las mujeres negras es el motivo de desatención y desdén, estamos siendo testigos del regreso de la apariencia teñida, rubia, larga, del cabello. En sus escritos, mis estudiantes negras describieron el uso de mechas amarillas en sus cabezas cuando niñas para fingir que tenían un largo cabello rubio.

Recientemente, las cantantes negras que están trabajando para ser atractivas para auditorios blancos, para ser consideradas como artistas que han logrado ampliar su atractivo popular, usan el implante de cabello y el entretejimiento de cabello para tener un largo cabello lacio. Parece haber un nexo definido entre la popularidad de una artista negra del espectáculo con los auditorios blancos y el grado en que ella trabaja para parecer blanca, o para encarnar aspectos del estilo blanco. Tina Turner y Aretha Franklin fueron establecedoras de la tendencia, ambas se teñían de rubio el cabello. En la vida cotidiana vemos cada vez más mujeres negras usando productos químicos para ser rubias. En una de mis charlas que se concentraban en la

construcción social de la identidad de la mujer negra dentro de una sociedad

sexista y racista, una mujer negra vino a mí al final de la discusión y

me contó que su hija de siete años de edad estaba obsesionada con el

cabello rubio, tanto que había hecho una peluca para imitar largos rizos

rubios. Esta madre quería saber qué estaba haciendo mal en su cuidado

parental. Aseveraba que su hogar era un lugar donde la condición de negro

era afirmada y celebrada. Pero ella no había tomado en consideración que

su cabello alisado procesado era un mensaje para su hija de que las mujeres negras no somos aceptables a menos que alteremos nuestra apariencia o textura del cabello. Recientemente conversé con una de mis hermanas menores sobre su cabello. Ella usa tintes de colores brillantes, diversos matices de rojo. En lo que a ella respecta, esas elecciones de cabello teñido alisado estaban directamente relacionadas con sentimientos de baja autoestima. A ella no le gustan sus rasgos y cree que el estilo del cabello la transforma. Lo que yo percibía era que su elección del cabello alisado rojo en realidad llamaba la atención sobre los rasgos que ella estaba tratando de encubrir. Cuando comentó que esa apariencia recibe más atención y cumplidos, le sugerí que la reacción positiva podría ser una respuesta directa a su propia proyección de un nivel más alto de autosatisfacción. La gente puede estar respondiendo a eso y no a sus apariencias alteradas. Conversamos sobre los mensajes que les está enviando a sus hijas de piel oscura: que ellas serán atractivas en grado sumo si alisan su cabello. Cierto número de mujeres negras han afirmado que eso es una estrategia de supervivencia: es más fácil de funcionar en esta sociedad con el cabello alisado. Hay menos líos. O, como alguna gente ha afirmado, el cabello alisado es más fácil de manejar, toma menos tiempo. Cuando respondí a este argumento en nuestra discusión en el Spelman College, sugerí que quizás la renuencia a gastar tiempo en nosotras mismas cuidando de nuestros cuerpos es también un reflejo de una sensación de que eso no es importante o de que nosotras no merecemos tal cuidado. En este grupo y en otros, las mujeres negras hablaban de haber sido criadas en familias en las que se ridiculizaba o se consideraba vanidad gastar demasiado tiempo en la apariencia. Independientemente del modo de componer el cabello que las mujeres negras escogen individualmente, es evidente que el grado en que sufrimos de la opresión y explotación racista y sexista afecta el grado en el que nos sentimos capaces tanto de auto-amor como de afirmar una presencia autónoma que sea aceptable y agradable para nosotras mismas.

Las preferencias individuales (estén o no enraizadas en el auto-odio o no) no pueden negar la realidad de que nuestra obsesión colectiva con alisar el cabello negro refleja la sicología de opresión y el impacto de la colonización racista. Juntos, racismo y sexismo les recalcan diariamente a todas las mujeres negras por la vía de los medios, la publicidad, etc. que no seremos consideradas hermosas o deseables si no nos cambiamos a nosotras mismas, especialmente nuestro cabello. No podemos oponer resistencia a esa socialización si negamos que la supremacía blanca informa nuestros esfuerzos por construir un sí mismo y una identidad. Sin luchas organizadas como las que tuvieron lugar en los años 60 y principios de los 70, las mujeres negras como individuos debemos luchar solas por adquirir la conciencia crítica que nos capacite para examinar las cuestiones de raza y belleza, nuestras elecciones personales, desde un punto de vista político. Hay momentos en que pienso en alisar mi cabello sólo para cambiar mi estilo, sólo por gusto. Entonces me recuerdo a mí misma que, aunque tal gesto pudiera ser simplemente festivo por mi parte, una expresión individual de deseo, yo sé que semejante gesto traería otras implicaciones más allá de mi control. La realidad es que el cabello alisado está vinculado históricamente y actualmente a un sistema de dominación racial que les inculca a las personas negras, y especialmente a las mujeres negras, que no somos aceptables como somos, que no somos hermosos. Hacer semejante gesto como una expresión de libertad y elección individuales me haría cómplice de una política de dominación que nos daña. Es fácil renunciar a esa libertad. Es más importante que las mujeres negras opongan resistencia al racismo y el sexismo por todos los medios; que todo aspecto de nuestra autorrepresentación sea una feroz resistencia, una celebración radical de nuestra solicitud y respeto por nosotras mismas.

Aunque no he tenido alisado el pelo por largo tiempo, esto no significaba que yo era capaz de disfrutar o apreciar realmente mi cabello en su estado natural. Durante años lo consideraba todavía un problema. (No era de manera natural lo suficientemente encrespado para hacer un afro interesante y decente. Era demasiado fino.) Esas quejas expresaban mi continuada insatisfacción. La verdadera liberación de mi cabello vino cuando dejé de tratar de controlarlo en cualquier estado y justamente lo acepté como era. Sólo en años recientes es que he dejado de preocuparme respecto a lo que otra gente diría sobre mi cabello. Sólo en años recientes es que pude sentir un consecuente placer lavando, peinando y cuidando mi cabello.

Esos sentimientos me recuerdan el placer y el confort que sentía como niña, sentada entre las piernas de mi madre, sintiendo la calidez de su cuerpo y su ser mientras ella peinaba y trenzaba mi cabello. En una cultura de la dominación, una cultura que es esencialmente anti-intimidad, debemos luchar diariamente por permanecer en contacto con nosotros mismos y nuestros cuerpos, unos con otros. Especialmente las mujeres y hombres negros, ya que son nuestros cuerpos los que tan frecuentemente han sido devaluados, agobiados, heridos en el trabajo alienado. Celebrando nuestros cuerpos, participamos en una lucha liberadora que libera la mente y el corazón.

Traducción del inglés: Desiderio Navarro


* «Straightening Our Hair», Zeta Magazine, septiembre 1988, pp. 33-37; reprod. en

Good Reasons. eds, Lester Faigley y Jack Selzer, Boston, Longman Publishers, 2001,

pp. 446-452.

La Gaceta de Cuba, enero-febrero 2005, nº 1, pp. 70-73

© Criterios, La Habana, 2006.

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