Fostering a culture of tolerance for women, black youth in Uruguay

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Noelia Maciel, Co-founder of the Afro-Uruguayan civil rights ngo, UBUNTU, recently spoke with Shades Magazine about her perspective on the role of black youth and women in provoking social change in Uruguay.

Access the article at: Shades Magazine

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Campaña de mujeres afrodescendientes del Salto, Uruguay

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Testimonios y reflexiones de mujeres afrodescendientes de Salto, Uruguay. Una campaña de Mundo Afro Salto hecho en el marco del año internacional de los afrodescendientes del año 2011.

Celebrando nuestros cuerpos: una lucha liberadora que libera la mente y el corazón

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Introducción (por Desiderio Navarro)

«Ya yo me enteré, mulata, / mulata, ya sé que dise / que yo tengo la narise / como nudo de cobbata. / Y fíjate bien que tú / no ere tan adelantá, / poqque tu boca e bien grande, y tu pasa, colorá.» Difícilmente se podría hallar una representación literaria más sintética de la completa introyección de los cánones estéticos corporales de la cultura capitalista occidental blanca y la consiguiente descalificación del otro y de sí mismo desde el punto de vista de esos cánones. La «pasa» o cabello ensortijado, la «bemba» o labios gruesos, la «ñata» o nariz corta y chata –formas particulares de importantes rasgos de antropología física que nuestro último censo de población no registró, junto al color de la piel, como índice racial («étnico» dirían nada científicamente los eufemistas), convirtiendo en «blancos» a tantos «jabaos» y demás mestizos de piel clara y hasta rubios y de ojos verdes–, son no sólo rasgos físicos que le permiten al racista distinguir a las mujeres y hombres que pueden ser objeto de su trato discriminatorio, explotador o/y paternalista, sino también rasgos marcados estéticamente como «feos», «grotescos», ora amenazadores ora cómicos, pero siempre «deformes» respecto al supremo canon occidental de belleza, que, hace mucho ni griego ni romano, es, globalización imperial mediante, cada vez más «arioyanqui», cada vez más piel blanca, cabello lacio y rubio, ojos verdes o azules, y labios y nariz finos (no es casual que en China, con la irrupción arrolladora de la economía de mercado y la globalización cultural a la americana, se esté produciendo una creciente «rubización» que ya hace unos meses en el Shanghai Star un artículo crítico de Zhu Qi lamentaba así: «Mire a su alrededor en las calles de Shanghai y le apuesto a que el 80 por ciento de los chinos que usted vea se han cambiado el color del pelo.»). Y esa doble calificación estética, positiva y negativa, ocurre no sólo a causa de la celebración de modelos blancos en la cultura visual cotidiana que fija y ratifica patrones de belleza y educa en ellos desde la temprana infancia a blancos, negros y mestizos por igual a través de revistas de moda, programas televisivos, anuncios publicitarios, obras cinematográficas, etc.: tanto o más importantes en esa «educación estética» son, por una parte, el carácter exclusivo de esa celebración, o sea, la exclusión de cualquier patrón de belleza racialmente diferente –exclusión tanto más completa cuanto más rasgos físicos particulares aparten a ese patrón del ideal «ario-yanqui» (paradójicamente, la más frecuente presencia de negro/as en la televisión de la Cuba socialista como galanes/beldades protagónicos o co-protagónicos se registra en la «porción» cinematográfica estadounidense de la programación)–, y, por otra, la inclusión de personas negras, actores reales o sujetos imaginarios, en espectáculos o chistes o caricaturas en los que sus rasgos físicos raciales son objeto de denigración estética (como en tanto humor racista que hoy circula tranquilamente en cabarets y casetes por toda Cuba) y, lamentablemente, también de autodenigración estética (recuérdese, entre tantos otros, al local «Bonkó Kiñongo» de Sabadazo).

No hay que asombrarse, pues, de que, en contextos racistas, a las razones para disimular y negar la propia condición física de negro (posibilidad de avance y éxito social, acceso a ciertos trabajos y medios, etc.) se hayan unido desde hace mucho las razones estéticas como razones suficientes para tratar de ser menos negro y más blanco; ni de que para lograr eso se apele a procedimientos primitivos o sofisticados, más o menos dolorosos, molestos o costosos, como los tratamientos químicos/térmicos para el blanqueamiento de la piel y el alisamiento del pelo (con los correspondientes estilos «blancos» de peinado), las lentes de contacto de color, la cirugía plástica de nariz y labios, etc., aunque puedan conducir a catástrofes estéticas y médicas como la célebre «nariz terminal» de Michael Jackson.

Mucho han escrito ya sobre raza, racismo y belleza –en particular femenina– autores de habla inglesa como Maxine Leeds Craig, Naomi Wolf, Noliwe M. Rooks, Ingrid Banks, Marcia Ann Gillespie, Anne Anlin Cheng, Alice Walker, Paul C. Taylor (v. su artículo en Criterios 34) y bell hooks. El texto de esta última que aquí ofrecemos es un brillante aporte al desmantelamiento del racismo estético en las mentes de las personas blancas, mestizas y negras, y sobre todo en estas últimas no sólo como un factor decisivo de ese desmantelamiento en las primeras, sino también, y sobre todo, como un indispensable desbroce para una vida auténtica de autorrealización y autoafirmación individual y colectiva, para una convivencia confortable y gratificante con el cuerpo en el que uno se reconoce visualmente, táctilmente, sensorialmente en general. Aún más productivo que el orgullo de sí promovido teóricamente por aquella sentencia estética contracultural de los 60, «black is beautiful», resulta el disfrute de la propia compañía e identidad puesto de manifiesto por explicaciones vivenciales individuales como la que ofrece hooks de la elección de su propia apariencia corporal: le gusta cómo se siente al tacto el cabello no procesado. Por cierto, a mí también.


Alisando nuestro pelo* (por bell hooks)

En las mañanas de los sábados nos reuníamos en la cocina para arreglarnos el pelo, es decir, para alisárnoslo. Los olores de grasa y pelo quemado se mezclaban con el aroma de nuestros cuerpos recién bañados, con hojas de berza cocinándose sobre la estufa, con pescado frito. No íbamos a la peluquería. Mi mamá nos arreglaba el pelo. Seis hijas: no había modo de que pudiéramos habernos permitido pagar peluqueras. En aquellos días, este proceso de alisar el pelo de las mujeres negras con un peine caliente (inven tado por Madame C. J. Waler) no estaba ligado en mi mente al esfuerzo de parecer blancas, de llevar a la práctica los patrones de belleza establecidos por la supremacía blanca. Estaba ligado solamente a ritos de iniciación en la condición de mujer. Llegar a ese punto en el que a una le podían alisar el cabello era pasar de ser percibida como una niña (cuyo cabello podía estar bellamente peinado y trenzado) a ser casi una mujer. Ese momento de transición era el que mis hermanas y yo anhelábamos. El planchado del cabello era un ritual de la cultura de las mujeres negras –de intimidad. Era un momento exclusivo en el que las mujeres negras (incluso las que no se conocían bien unas a otras) podían encontrarse en el hogar o en el salón de belleza para conversar unas con otras, para escuchar la conversación. Era un mundo tan importante como el de la barbería de los hombres: misterioso, secreto. Era un mundo en el que las imágenes construidas como barreras entre la identidad de una y el mundo eran soltadas brevemente, antes de ser rehechas. Era un momento de creatividad, un momento de cambio. Yo quería ese cambio aunque toda mi vida se me había dicho que yo era una de las «dichosas» porque había nacido con «buen pelo» –un cabello que era fino, casi lacio–, no suficientemente bueno, pero todavía bueno. Cabello que no tenía bordes ensortijados, no tenía «cocina», esa área cercana al cuello que el peine caliente no podía alcanzar. Este «pelo bueno» no significaba nada para mí cuando se erguía como una barrera para mi ingreso en ese mundo secreto de la mujer negra. Yo rebosé de alegría cuando mi mamá finalmente accedió a que yo pudiera sumarme al ritual del sábado, no ya observándolo, sino esperando pacientemente mi turno.

Sobre ese ritual he escrito lo siguiente:

Para cada una de nosotras, el que nos planchen el pelo es un ritual importante. No es un signo de nuestro anhelo de ser blancas. No hay blancos en nuestro mundo íntimo. Es un signo de nuestro deseo de ser mujeres. Es un gesto que dice que nos estamos acercando a la condición de mujer […] Antes de que alcancemos la edad apropiada, usamos trenzas, trenzas que son símbolos de nuestra inocencia, nuestra juventud, nuestra niñez. Entonces, las manos que separan, peinan y trenzan nos confortan, la intimidad y la dicha nos confortan.

Hay una intimidad más profunda en la cocina los sábados cuando se plancha el cabello, cuando se fríe pescado, cuando se pasan rondas de sodas, cuando la música soul flota sobre la conversación. Es un tiempo sin hombres. Es un tiempo cuando trabajamos como mujeres para satisfacer unas las necesidades

de las otras, para hacernos sentir bien interiormente unas a

otras, un tiempo de risa y de tremenda conversación.

Puesto que el mundo en que vivíamos estaba segregado racialmente,

era fácil pasar por alto la relación entre la supremacía blanca y nuestra

obsesión con el cabello. Aunque las mujeres negras con pelo lacio eran

percibidas como más hermosas que las que tenían pelo grueso, rizado, eso

no era relacionado abiertamente con la idea de que las mujeres blancas eran un grupo femenino más atractivo o de que su pelo lacio establecía un patrón de belleza que las mujeres negras estaban luchando por llevar a la práctica. Aunque éste fue probablemente el marco ideológico del que emergió el proceso de alisamiento del cabello de la mujer negra, fue ampliado de modo que devino un espacio real de formación de íntimos vínculos personales de la mujer negra mediante la experiencia ritualizada, compartida. El salón de belleza era un espacio de aumento de conciencia, un espacio en el que las mujeres negras compartían cuentos de la vida –penurias, tribulaciones, chismes–; un lugar en el que una podía ser confortada y renovar su espíritu. Para algunas mujeres era un lugar de descanso donde una no tenía que satisfacer las exigencias de niños u hombres. Era la hora que algunas pasarían «descansando», un tiempo calmante, sosegado, de meditación y silencio. Estas positivas implicaciones capacitantes del ritual del planchado del pelo median, pero no cambian las implicaciones negativas. Existen al lado de todo lo que es negativo.

Dentro del patriarcado capitalista supremacista, el contexto social y político en que surge la costumbre de los negros de alisarnos el cabello, ésta representa una imitación de la apariencia del grupo blanco dominante y a menudo indica un racismo interiorizado, odio de sí mismo y/o una baja autoestima. Durante los años 60 los negros que trabajaban activamente para criticar, desafiar y cambiar el racismo blanco señalaron cómo la obsesión de los negros con el pelo lacio reflejaba una mentalidad colonizada. Fue en ese entonces que el peinado natural, el «afro», se puso de moda como un signo de la resistencia cultural a la opresión racista y como una celebración de la condición de negro. Los peinados naturales eran equiparados con la militancia política. Muchos jóvenes negros hallaron exactamente cuánto valor político se ponía en el pelo alisado como signo de respetabilidad y conformidad con las expectativas de la sociedad cuando dejaron de alisarse el cabello. Cuando las luchas de liberación negras no condujeron al cambio revolucionario en la sociedad, se dejó de concentrar la atención en la relación política entre apariencia y complicidad con el racismo blanco y la gente que otrora habían llevado ostentosamente afros comenzaron a alisarse el cabello.

No quedándose atrás de la maniobra para suprimir la conciencia negra y los esfuerzos por ser personas que se autodefinen, las corporaciones blancas comenzaron a reconocer a los negros y, de manera especialísima, a las mujeres negras, como consumidores potenciales de productos que ellas podían suministrarles, incluyendo productos para el cuidado del cabello. Permanentes especialmente concebidos para las mujeres negras eliminaron la necesidad del planchado del pelo y el peine caliente. Esos permanentes no sólo costaban más, sino que también se llevaban mucho de la economía y ganancia de las comunidades negras, de los bolsillos de las mujeres negras que anteriormente habían cosechado los beneficios materiales (véase Cómo el capitalismo subdesarrolló la América negra, de Manning Marable, South End Press). Había desaparecido el contexto del ritual, de la formación de íntimos vínculos personales de la mujer negra. Sentadas bajo las ruidosas secadoras del cabello, las mujeres negras perdieron un espacio para el diálogo, para la conversación creativa.

Despojado de los rituales de formación de íntimos vínculos personales positivos que rodeaban tradicionalmente la experiencia, el alisamiento del cabello en las mujeres negras parecía, cada vez más, exclusivamente un significante de la opresión y la explotación supremacistas blancas. Era claramente un proceso en el que de lo que se trataba era de que las mujeres negras estaban cambiando su apariencia para imitar las apariencias de los blancos. Esta necesidad de tener una apariencia lo más parecida posible a la de los blancos, de tener una apariencia inocua, está relacionada con un deseo de triunfar en el mundo blanco. Antes de la desegregación, los negros podían preocuparse menos sobre lo que los blancos pensaban sobre su cabello. En una discusión sobre la belleza con mujeres negras en el Spelman College, las estudiantes hablaban sobre la importancia de llevar lacio el pelo cuando se busca empleo. Estaban convencidas, y probablemente con toda razón, de que sus oportunidades de hallar buenos empleos aumentarían si tuvieran pelo lacio. Cuando se les pedía que se explicaran en detalle, se concentraban en la conexión entre las políticas radicales y los peinados naturales, fueran sin trenzas o con ellas. Una mujer que llevaba un peinado natural corto habló de comprar una peluca lacia para su búsqueda de empleo. Ninguna participante en la discusión pensaba que las mujeres negras éramos libres de llevar nuestro cabello en estilos naturales sin reflexionar sobre las posibles consecuencias negativas. A menudo los adultos negros de mayor edad, especialmente los padres, responden del todo negativamente a los peinados naturales. Le conté al grupo que, cuando llegué a casa con mi cabello hecho trenzas poco después de aceptar mi empleo en Yale, mis padres me dijeron que yo tenía un aspecto desagradable.

A pesar de muchos cambios en la política racial, las mujeres negras continúan obsesionándose con su cabello, y el alisamiento del cabello sigue siendo un asunto serio. Sigue aprovechando la inseguridad que las mujeres negras sentimos respecto a nuestro valor en esta sociedad supremacista blanca. Conversando con grupos de mujeres en diversas ciudades universitarias y con mujeres negras en nuestras comunidades, vi que parece haber un consenso general en cuanto a que nuestra obsesión con el cabello en general refleja continuadas luchas con la autoestima y la autorrealización. Hablamos sobre el grado en que las mujeres negras perciben su pelo como el enemigo, como un problema que debemos resolver, un territorio que

debemos conquistar. Sobre todo, es una parte de nuestro cuerpo de mujer

negra que debe ser controlado. La mayoría de nosotras no fue criada en

ambientes en los que aprendiéramos a considerar nuestro cabello como

sensual o hermoso en un estado no procesado. Muchas de nosotras hablamos

sobre situaciones en las que personas blancas nos piden que les dejemos tocar nuestro pelo cuando no está procesado y entonces se muestran sorprendidas de que la textura es suave o es agradable al tacto. A los ojos de mucha gente blanca y otras gentes no negras, el afro natural parece estropajo de acero o un casco. Las respuestas a los estilos de peinado naturales llevados por mujeres negras revelan comúnmente el grado en que nuestro cabello natural es percibido en la cultura supremacista blanca no sólo como feo, sino como atemorizante. Nosotras también interiorizamos ese miedo. El grado en que nos sentimos cómodas con nuestro cabello comúnmente se refleja en nuestros sentimientos generales respecto a nuestros cuerpos. En nuestro grupo de apoyo de las mujeres negras, Hermanas del Yam, platicamos sobre los modos en que no nos gustan nuestros cuerpos, especialmente nuestro cabello. Le he sugerido al grupo que consideremos nuestro cabello como si no fuera parte de nuestro cuerpo, sino algo completamente separado –de nuevo un territorio que se ha de controlar.

Para mí era importante que vinculáramos esta necesidad de controlar a la sexualidad, a la represión sexual. Teniendo curiosidad sobre qué pensaban las mujeres negras que se habían dado peine caliente o se habían hecho permanentes sobre la relación entre el cabello alisado y la práctica sexual, pregunté si la gente se preocupaba por el peinado de ellas, si temían que sus parejas tocaran su cabello. Siempre me ha parecido que el cabello alisado llama la atención sobre el deseo de que el pelo permanezca en su lugar. No es sorprendente que muchas mujeres negras respondieran que se sentían incómodas si se concentraba demasiada atención en su cabello, si éste parecía estar demasiado desordenado. Aquellas de nosotros que hemos liberado nuestro cabello y lo dejamos ir en cualquier dirección en que parezca adecuado, a menudo recibimos comentarios negativos.

Mirando fotografías de mí misma y de mis hermanas cuando teníamos el cabello alisado en la escuela de segunda enseñanza, noté cuánto más edad parecíamos tener que cuando nuestro cabello no estaba procesado. Es irónico que vivamos en una cultura que pone tanto énfasis en que las mujeres tengan una apariencia joven, pero se anime a las mujeres negras a cambiar su cabello en modos que nos hacen parecer más viejas. El pasado semestre leíamos El ojo más azul de Toni Morrison en una clase de ficción de mujeres negras. Les pedí a los estudiantes que escribieran comunicaciones autobiográficas que reflejaran lo que pensaban sobre la relación entre raza y belleza física. Una amplia mayoría de las mujeres negras escribió sobre su cabello. Cuando les pregunté a algunas por separado fuera de la clase por qué continuaban alisando su cabello, muchas aseveraron que los peinados naturales no lucían bien en ellas, o que éstos requerían demasiado trabajo. Emily, una estudiante favorita con el cabello muy corto, siempre se lo alisaba y yo la fastidiaba y desafiaba. Ella me explicó convincentemente que un peinado natural luciría horrible con su cara, que ella no tenía la frente o estructura ósea apropiada. Más tarde me contó que durante el receso de primavera había ido a la peluquería a hacerse el permanente y mientras estaba sentada esperando, pensando sobre la lectura y discusión de la clase, le vino a la mente que estaba realmente aterrada de que nadie más pensaría que ella era atractiva si no se alisaba el cabello. Reconoció que ese miedo estaba enraizado en sentimientos de baja autoestima. Decidió hacer un cambio. Su nueva apariencia la sorprendió porque era muy atractiva. Conversamos después sobre su anterior negativa y justificación para llevar el pelo alisado. Conversamos sobre cómo duele darse cuenta de la relación entre la opresión racista y los argumentos que usamos para convencernos a nosotros mismos y a los otros de que no somos hermosos o aceptables como somos.

En numerosas discusiones con mujeres negras acerca del cabello se puso de manifiesto que uno de los más poderosos factores que les impiden a las mujeres negras llevar estilos de cabello no procesado es el temor de perder la aprobación y consideración de otras personas. Las mujeres negras heterosexuales hablaron sobre el grado en que los hombres negros responden más favorablemente a las mujeres con el cabello lacio o alisado. Las lesbianas señalan el hecho de que muchas de ellas no se alisan el cabello, suscitando la interrogante de si ese gesto está vinculado fundamentalmente o no al heterosexismo y a un anhelo de la aprobación del varón. Recuerdo haber visitado a una amiga y su pareja, un hombre negro, en Nueva York, hace años, y haber tenido una intensa discusión sobre el cabello. Se encargó de decirme que yo podría ser una excelente hermana si hacía algo respecto a mi cabello (para mis adentros pensé que mi mamá debió haberlo contratado). Lo que recuerdo es su shock cuando con calma y entusiasmo aseveré que me gustaba cómo se sentía al tacto el cabello no procesado.

Cuando los estudiantes leen sobre raza y belleza física, varias mujeres negras describen períodos de su niñez cuando estaban agobiadas por el anhelo del pelo lacio ya que estaba tan asociado con la deseabilidad, con ser amado. Pocas mujeres habían recibido apoyo de su familia, amigos o parejas amorosas cuando decidían no alisarse el cabello y tenemos muchas historias que contar sobre el consejo que recibimos de todo el mundo, incluso de personas completamente extrañas, instándonos a entender cuánto más atractivas seríamos si arregláramos (alisáramos) nuestro cabello. Cuando tenía la entrevista para mi trabajo en Yale, consejeras blancas que nunca antes habían hecho ningún comentario sobre mi cabello me animaron a no llevar trenzas o un peinado natural grande a la entrevista. Aunque ellas no decían «alisa tu pelo», estaban sugiriendo que cambiara mi estilo de cabello de modo que se pareciera en el más alto grado al de ellas, de modo que indicara cierta conformidad. Llevé trenzas y nadie pareció notarlo. Cuando se me ofreció el empleo, no pregunté si importaba o no que yo llevara trenzas. Les cuento esta historia a mis estudiantes para que sepan por esta única experiencia que no siempre tenemos que renunciar a nuestra capacidad de ser personas que se autodefinen para tener éxito en un empeño. Pero he hallado que la cuestión del estilo del cabello se presenta una y otra vez con los estudiantes cuando doy conferencias. En una conferencia sobre mujeres negras y liderazgo, entré en un auditorio repleto, con mi pelo sin procesar incontrolado y todo fuera de lugar. La gran mayoría de las mujeres negras que allí estaban sentadas tenían el cabello alisado. Muchas de ellas me echaban hostiles miradas de desdén. Sentí como si estuviera siendo juzgada allí mismo como una marginal, una indeseable. Tales juicios se hacen especialmente sobre las mujeres negras que en los Estados Unidos deciden llevar drelos. Son consideradas, y con toda razón, como la antítesis total del alisamiento del cabello, como una declaración política. A menudo las mujeres negras expresan desprecio por aquellas de nosotros que escogemos esta apariencia. Irónicamente, al mismo tiempo que el cabello no procesado natural de las mujeres negras es el motivo de desatención y desdén, estamos siendo testigos del regreso de la apariencia teñida, rubia, larga, del cabello. En sus escritos, mis estudiantes negras describieron el uso de mechas amarillas en sus cabezas cuando niñas para fingir que tenían un largo cabello rubio.

Recientemente, las cantantes negras que están trabajando para ser atractivas para auditorios blancos, para ser consideradas como artistas que han logrado ampliar su atractivo popular, usan el implante de cabello y el entretejimiento de cabello para tener un largo cabello lacio. Parece haber un nexo definido entre la popularidad de una artista negra del espectáculo con los auditorios blancos y el grado en que ella trabaja para parecer blanca, o para encarnar aspectos del estilo blanco. Tina Turner y Aretha Franklin fueron establecedoras de la tendencia, ambas se teñían de rubio el cabello. En la vida cotidiana vemos cada vez más mujeres negras usando productos químicos para ser rubias. En una de mis charlas que se concentraban en la

construcción social de la identidad de la mujer negra dentro de una sociedad

sexista y racista, una mujer negra vino a mí al final de la discusión y

me contó que su hija de siete años de edad estaba obsesionada con el

cabello rubio, tanto que había hecho una peluca para imitar largos rizos

rubios. Esta madre quería saber qué estaba haciendo mal en su cuidado

parental. Aseveraba que su hogar era un lugar donde la condición de negro

era afirmada y celebrada. Pero ella no había tomado en consideración que

su cabello alisado procesado era un mensaje para su hija de que las mujeres negras no somos aceptables a menos que alteremos nuestra apariencia o textura del cabello. Recientemente conversé con una de mis hermanas menores sobre su cabello. Ella usa tintes de colores brillantes, diversos matices de rojo. En lo que a ella respecta, esas elecciones de cabello teñido alisado estaban directamente relacionadas con sentimientos de baja autoestima. A ella no le gustan sus rasgos y cree que el estilo del cabello la transforma. Lo que yo percibía era que su elección del cabello alisado rojo en realidad llamaba la atención sobre los rasgos que ella estaba tratando de encubrir. Cuando comentó que esa apariencia recibe más atención y cumplidos, le sugerí que la reacción positiva podría ser una respuesta directa a su propia proyección de un nivel más alto de autosatisfacción. La gente puede estar respondiendo a eso y no a sus apariencias alteradas. Conversamos sobre los mensajes que les está enviando a sus hijas de piel oscura: que ellas serán atractivas en grado sumo si alisan su cabello. Cierto número de mujeres negras han afirmado que eso es una estrategia de supervivencia: es más fácil de funcionar en esta sociedad con el cabello alisado. Hay menos líos. O, como alguna gente ha afirmado, el cabello alisado es más fácil de manejar, toma menos tiempo. Cuando respondí a este argumento en nuestra discusión en el Spelman College, sugerí que quizás la renuencia a gastar tiempo en nosotras mismas cuidando de nuestros cuerpos es también un reflejo de una sensación de que eso no es importante o de que nosotras no merecemos tal cuidado. En este grupo y en otros, las mujeres negras hablaban de haber sido criadas en familias en las que se ridiculizaba o se consideraba vanidad gastar demasiado tiempo en la apariencia. Independientemente del modo de componer el cabello que las mujeres negras escogen individualmente, es evidente que el grado en que sufrimos de la opresión y explotación racista y sexista afecta el grado en el que nos sentimos capaces tanto de auto-amor como de afirmar una presencia autónoma que sea aceptable y agradable para nosotras mismas.

Las preferencias individuales (estén o no enraizadas en el auto-odio o no) no pueden negar la realidad de que nuestra obsesión colectiva con alisar el cabello negro refleja la sicología de opresión y el impacto de la colonización racista. Juntos, racismo y sexismo les recalcan diariamente a todas las mujeres negras por la vía de los medios, la publicidad, etc. que no seremos consideradas hermosas o deseables si no nos cambiamos a nosotras mismas, especialmente nuestro cabello. No podemos oponer resistencia a esa socialización si negamos que la supremacía blanca informa nuestros esfuerzos por construir un sí mismo y una identidad. Sin luchas organizadas como las que tuvieron lugar en los años 60 y principios de los 70, las mujeres negras como individuos debemos luchar solas por adquirir la conciencia crítica que nos capacite para examinar las cuestiones de raza y belleza, nuestras elecciones personales, desde un punto de vista político. Hay momentos en que pienso en alisar mi cabello sólo para cambiar mi estilo, sólo por gusto. Entonces me recuerdo a mí misma que, aunque tal gesto pudiera ser simplemente festivo por mi parte, una expresión individual de deseo, yo sé que semejante gesto traería otras implicaciones más allá de mi control. La realidad es que el cabello alisado está vinculado históricamente y actualmente a un sistema de dominación racial que les inculca a las personas negras, y especialmente a las mujeres negras, que no somos aceptables como somos, que no somos hermosos. Hacer semejante gesto como una expresión de libertad y elección individuales me haría cómplice de una política de dominación que nos daña. Es fácil renunciar a esa libertad. Es más importante que las mujeres negras opongan resistencia al racismo y el sexismo por todos los medios; que todo aspecto de nuestra autorrepresentación sea una feroz resistencia, una celebración radical de nuestra solicitud y respeto por nosotras mismas.

Aunque no he tenido alisado el pelo por largo tiempo, esto no significaba que yo era capaz de disfrutar o apreciar realmente mi cabello en su estado natural. Durante años lo consideraba todavía un problema. (No era de manera natural lo suficientemente encrespado para hacer un afro interesante y decente. Era demasiado fino.) Esas quejas expresaban mi continuada insatisfacción. La verdadera liberación de mi cabello vino cuando dejé de tratar de controlarlo en cualquier estado y justamente lo acepté como era. Sólo en años recientes es que he dejado de preocuparme respecto a lo que otra gente diría sobre mi cabello. Sólo en años recientes es que pude sentir un consecuente placer lavando, peinando y cuidando mi cabello.

Esos sentimientos me recuerdan el placer y el confort que sentía como niña, sentada entre las piernas de mi madre, sintiendo la calidez de su cuerpo y su ser mientras ella peinaba y trenzaba mi cabello. En una cultura de la dominación, una cultura que es esencialmente anti-intimidad, debemos luchar diariamente por permanecer en contacto con nosotros mismos y nuestros cuerpos, unos con otros. Especialmente las mujeres y hombres negros, ya que son nuestros cuerpos los que tan frecuentemente han sido devaluados, agobiados, heridos en el trabajo alienado. Celebrando nuestros cuerpos, participamos en una lucha liberadora que libera la mente y el corazón.

Traducción del inglés: Desiderio Navarro


* «Straightening Our Hair», Zeta Magazine, septiembre 1988, pp. 33-37; reprod. en

Good Reasons. eds, Lester Faigley y Jack Selzer, Boston, Longman Publishers, 2001,

pp. 446-452.

La Gaceta de Cuba, enero-febrero 2005, nº 1, pp. 70-73

© Criterios, La Habana, 2006.

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Entrevista con Gracee: Mujeres afrodescendientes y la literatura

Y aún así…me levanto

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El 21 de Marzo es el Día internacional de la poesia y día internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial.

Tambien, seguimos conmemorando el mes de la mujer; que combinación perfecta para soltar el pelo, levantar el puño en el aire y recitar una poema de la escritora afronorteamericana, Maya Angelou!

Y aún así…me levanto

Tú puedes escribirme en la historia
con tus amargas, torcidas mentiras,
puedes aventarme al fango
y aún así, como el polvo… me levanto.

¿Mi descaro te molesta?
¿Porqué estás ahí quieto, apesadumbrado?
Porque caminocomo si fuera dueña de pozos petroleros
bombeando en la sala de mi casa…

Como lunas y como soles,
con la certeza de las mareas,
como las esperanzas brincando alto,

así… yo me levanto.

¿Me quieres ver destrozada?
cabeza agachada y ojos bajos,
hombros caídos como lágrimas,
debilitados por mi llanto desconsolado.

¿Mi arrogancia te ofende? No lo tomes tan a pecho,
Porque yo río como si tuviera minas de oro
excavándose en el mismo patio de mi casa.

Puedes dispararme con tus palabras,

puedes herirme con tus ojos,

puedes matarme con tu odio,

y aún así, como el aire, me levanto.

¿Mi sensualidad te molesta?

¿Surge como una sorpresaque yo baile como si tuviera diamantes
ahí, donde se encuentran mis muslos?

De las barracas de vergüenza de la historia
yo me levanto

desde el pasado enraizado en dolor

yo me levanto

soy un negro océano, amplio e inquieto,manando
me extiendo, sobre la marea,dejando atrás noches de temor, de terror,
me levanto,a un amanecer maravillosamente claro,
me levanto,
brindado los regalos legados por mis ancestros.
Yo soy el sueño y la esperanza del esclavo.
Me levanto.
Me levanto.
Me levanto.

Still I Rise

You may write me down in history
With your bitter, twisted lies,
You may trod me in the very dirt
But still, like dust, I’ll rise.

Does my sassiness upset you?
Why are you beset with gloom?
‘Cause I walk like I’ve got oil wells
Pumping in my living room.

Just like moons and like suns,
With the certainty of tides,
Just like hopes springing high,
Still I’ll rise.

Did you want to see me broken?
Bowed head and lowered eyes?
Shoulders falling down like teardrops.
Weakened by my soulful cries.

Does my haughtiness offend you?

Don’t you take it awful hard
‘Cause I laugh like I’ve got gold mines
Diggin’ in my own back yard.

You may shoot me with your words,
You may cut me with your eyes,
You may kill me with your hatefulness,
But still, like air, I’ll rise.

Does my sexiness upset you?
Does it come as a surprise
That I dance like I’ve got diamonds
At the meeting of my thighs?

Out of the huts of history’s shame
I rise
Up from a past that’s rooted in pain
I rise
I’m a black ocean, leaping and wide,
Welling and swelling I bear in the tide.
Leaving behind nights of terror and fear
I rise
Into a daybreak that’s wondrously clear
I rise
Bringing the gifts that my ancestors gave,

I am the dream and the hope of the slave.
I rise
I rise
I rise.

Maya Angelou

El empoderamiento de la mujer afrodescendiente a través de la palabra

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Día Internacional de la Mujer

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¿Acaso no soy una mujer?

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Nacida esclava pero vivía como abolicionista y luchadora contra la desigualidad entre hombres y mujeres, Sojourner Truth es parte de un legado de mujeres afrodescendientes que se negaban quedarse en silencio y formaron el base fundamental del discurso feminista de las mujeres afrodescendientes.
En diciembre de 1851, asistió a una conferencia de mujeres en Akron, Ohio, donde pronunció el famoso discurso titulado: “¿Acaso no soy una mujer?”, en el que defendía el movimiento a favor de los derechos de las mujeres.
Su discurso lleva un cuestionamiento a la homogeneidad de la identidad de género y es fundamental a la formación de un discurso sobre los elementos inseparables de género-etnia en el caso de mujeres afrodescendientes y el reconocimiento de la heterogeneidad de las experiencias de mujeres.
Feliz mes de la mujer!
¿Acaso no soy una mujer?
Sojourner Truth
Diciembre de 1851
Convención de mujeres, Akron, Ohio, EEUU
Bueno hijos, cuando hay mucho alboroto es porque algo está pasando.
Creo que tanto los negros del Sur como las mujeres del Norte están todos hablando de derechos y a los hombres blancos no les queda más que ceder muy pronto.
Pero, ¿De qué se trata de lo estamos hablando aquí?
Los caballeros dicen que las mujeres necesitan ayuda para subir a las carretas y para pasar sobre los huecos en la calle y que deben tener el mejor puesto en todas partes.
Pero a mi nadie nunca me ha ayudado a subir a las carretas o a saltar charcos de lodo o me ha dado el mejor puesto! y ¿Acaso no soy una mujer? ¡Mírenme! ¡Miren mis brazos! ¡He arado y sembrado, y trabajado en los establos y ningún hombre lo hizo nunca mejor que yo! Y ¿Acaso no soy una mujer? Puedo trabajar y comer tanto como un hombre si es que consigo alimento-y puedo aguantar el latigazo también! Y ¿Acaso no soy una mujer? Parí trece hijos y vi como todos fueron vendidos como esclavos, cuando lloré junto a las penas de mi madre nadie, excepto Jesús Cristo, me escuchó y ¿Acaso no soy una mujer?
Entonces se preguntan ¿Qué es lo que tiene en la cabeza? ¿Qué significa esto? (Un miembro de la audiencia sugiere “Intelecto”) -¡Exacto! ¿Qué tiene a que ver todo esto con los derechos de las mujeres y de los negros?
Si mi cántaro solamente puede contener una pinta y el de ustedes un cuarto, no sería muy egoísta de parte de ustedes no dejarme tener mi pequeña mitad llena? Entonces el pequeño hombre vestido de negro dice que las mujeres no pueden tener tantos derechos comos los hombres, porque Cristo no era una mujer. ¿De dónde vino Cristo? ¿De dónde vino Cristo? ¡De Dios y de una mujer! ¡El hombre no tuvo nada que ver con El!
Gracias por haberme escuchado, ahora la vieja Sojourner no tiene más nada que añadir.

AIN’T I A WOMAN?

Delivered 1851 at the Women’s Convention in Akron, Ohio

Well, children, where there is so much racket there must be something out of kilter. I think that ‘twixt the negroes of the South and the women at the North, all talking about rights, the white men will be in a fix pretty soon. But what’s all this here talking about?

That man over there says that women need to be helped into carriages, and lifted over ditches, and to have the best place everywhere. Nobody ever helps me into carriages, or over mud-puddles, or gives me any best place! And ain’t I a woman? Look at me! Look at my arm! I have ploughed and planted, and gathered into barns, and no man could head me! And ain’t I a woman? I could work as much and eat as much as a man – when I could get it – and bear the lash as well! And ain’t I a woman? I have borne thirteen children, and seen most all sold off to slavery, and when I cried out with my mother’s grief, none but Jesus heard me! And ain’t I a woman? Then they talk about this thing in the head; what’s this they call it? [member of audience whispers, “intellect”] That’s it, honey. What’s that got to do with women’s rights or negroes’ rights? If my cup won’t hold but a pint, and yours holds a quart, wouldn’t you be mean not to let me have my little half measure full?

Then that little man in black there, he says women can’t have as much rights as men, ‘cause Christ wasn’t a woman! Where did your Christ come from? Where did your Christ come from? From God and a woman! Man had nothing to do with Him.

If the first woman God ever made was strong enough to turn the world upside down all alone, these women together ought to be able to turn it back , and get it right side up again! And now they is asking to do it, the men better let them.

Obliged to you for hearing me, and now old Sojourner ain’t got nothing more to say.

Reflexión sobre Solidaridad

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El desarrollo de coaliciones y solidaridad mutua no es fácil, tampoco es un proceso breve. Cuando conoces una persona, ya es amigo/a? no. Igual es el caso de trabajar con comunidades. Justo como la confianza se crece con tiempo, igual que paciencia viene con conocimiento. El camino a una solidaridad basada en el amor y actos colectivos y inclusivos no es por debajo de un cielo claro en que, de repente una gota de lluvia cae y se termina la sequia. De hecho, en algun momento la tormenta vendrá.  El concepto de una solidaridad basada en amor y el hecho de dar, devolver y intercambiar tiene el efecto de lanzar una botella al mar con un mensaje adentro que en el algun momento, con la ayuda de esfuerzos exteriores vendría a su destino. Que hace el/la trabajador/a cultural durante un plazo de tiempo breve? Salir de la mentalidad occidental, olvidar la existencia del tiempo lineal y seguir con los actos de dar y intercambiar hasta que realidad y sueño chocan. Allí existe posibilidades.

La fuerza transformadora del amor en nuestras vidas

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Como mujer de la Diáspora Africana y feminista, la filosofía de la militante y feminista afro-norteamericana bell hooks se ha sido fundamental a mi formacíon político y personal. Su discurso sobre el amor como el base fundamental al activísimo y la relaciones que existen entre personas, comunidades y con nuestr@s mism@s es revolucionario en el sentido de que se comparta un concepto que tod@s sabemos pero aveces no lo conocemos de verdad. Comparto lo que sabemos pero deberíamos intentar a conocerlo por su practica en la vida cotidiano.

Fuente: Concienciasinfronteras

Autora: bell hooks

Viviendo del Amor

En el mundo en que vivimos, acostumbrado a segmentar los opuestos, a veces nos resulta difícil sentir que lo individual y lo colectivo, lo personal y lo social no son dos mundos separados. Pero si nuestra biografía está escrita en nuestra biología, también lo está nuestra biografía colectiva. Por eso, este texto me pareció un testimonio profundo y revelador de dicha unión. El artículo plantea, de una forma valiente y abierta, que un proyecto de liberación, cualquiera que sea, aunque en este caso se refiera a la experiencia histórica del pueblo negro y, más en concreto, de las mujeres negras no puede basarse sólo en la transformación de las condiciones materiales de la vida y dejar de lado el crecimiento espiritual de las personas. Ambas cosas tienen que ir de la mano y eso significa que para ese colectivo es fundamental aprender a desarrollar la capacidad de amar. Lo importante es que nos habla de una experiencia colectiva que a muchas de nosotras (y de vosotros también) no nos es ajena. Y es por eso por lo que me ha parecido interesante su traducción.
Espero que os sea enriquecedor. De todo corazón, Menchu Mozo.
Viviendo de amor*

El amor cura. Nuestra recuperación reside en el acto y en el arte de amar. Mi pasaje favorito del Evangelio según San Juan es aquel que dice: No amar es quedarse en la muerte.

Muchas mujeres negras sienten que en sus vidas existe poco o ningún amor. Esa es una de nuestras verdades más íntimas que raramente discutimos en público. Es una realidad tan dolorosa que las mujeres negras raramente hablamos abiertamente sobre ello.
No ha sido fácil para las personas de este país entender qué es amar. M. Scott Peck define el amor como “la voluntad de expandirnos para posibilitar nuestro crecimiento o el crecimiento de otra persona”, sugiriendo que el amor es al mismo tiempo “una intención y una acción”. Expresamos el amor a través de la unión del sentimiento y de la acción. Si observamos la experiencia del pueblo negro a partir de esa definición, es posible entender por qué históricamente muchos se sienten frustrados como amantes. La esclavitud y las divisiones raciales crearon condiciones muy difíciles para que los negros nutriesen su crecimiento espiritual. Hablo de condiciones difíciles, no imposibles. Pero necesitamos reconocer que la opresión y la explotación distorsionan e impiden nuestra capacidad de amar.

En una sociedad en la que prevalece la supremacía de los blancos, la vida de los negros está impregnada de cuestiones políticas, que explican que éstos hayan interiorizado el racismo y un sentimiento de inferioridad. Los sistemas de dominación son más eficaces cuando alteran nuestra habilidad de querer y amar. Los negros hemos sido profundamente heridos; como la gente dice, “heridos hasta el corazón”, y esa herida emocional con la que cargamos afecta a nuestra capacidad de sentir y, en consecuencia, de amar. Somos un pueblo herido. Herido en aquel lugar que podría conocer el amor, que estaría amando. La voluntad de amar ha representado un acto de resistencia para los afro-americanos. Pero al realizar esa elección, muchos de nosotros descubrimos nuestra incapacidad de dar y de recibir amor.

El impacto de la esclavitud en el acto de amar

Nuestras dificultades colectivas con el arte y el acto de amar comenzaron a partir de la esclavitud. Eso no debería sorprendernos, ya que nuestros ancestros vieron cómo sus hijos eran vendidos; sus amantes, compañeros, amigos, apresados sin razón. Esas personas que vivieron en una pobreza extrema y fueron obligadas a separarse de sus familias y de sus comunidades no podrían haber sobrevivido en ese contexto interiorizando esa cosa que la gente llama amor. Ellas sabían, por experiencia propia, que en condiciones de esclavitud es difícil experimentar o mantener una relación de amor.

Imagino que, una vez finalizada la esclavitud, muchos negros estaban ansiosos por experimentar relaciones de intimidad, compromiso y pasión, fuera de los límites antes establecidos. Pero también es posible que muchos no estuviesen preparados para practicar el arte de amar. Esa es tal vez la razón por la cual muchos negros establecieron relaciones familiares basadas en la brutalidad que conocieron en la época de la esclavitud. Siguiendo el mismo modelo jerárquico, crearon espacios domésticos donde los conflictos de poder llevaban a los hombres a golpear a las mujeres y a los adultos a pegar a los niños para probar su control y dominación. Así, estaban utilizando los mismos métodos brutales que los señores esclavistas usaron contra ellos. Sabemos que su vida no era fácil; que con la abolición de la esclavitud los negros no quedaron inmediatamente libres para amar.

Testimonios de esclavos revelan que su supervivencia muchas veces estaba determinada por su capacidad de reprimir las emociones. En un documento fechado en 1845, Frederick Douglas recuerda que fue incapaz de sentir la muerte de su madre, porque no había podido mantener contacto con ella. La esclavitud condicionó a los negros a contener y reprimir muchos de sus sentimientos. El hecho de haber presenciado el abuso diario realizado a sus compañeros –trabajos pesados, crueles castigos, hambre- hizo que solamente se mostrasen solidarios entre ellos en casos de extrema necesidad. Y es que tenían buenas razones para imaginar que, de lo contrario, serían castigados. Solamente en espacios de resistencia cultivados con mucho cuidado, podían expresar sus emociones reprimidas. Así pues, aprendieron a seguir sus impulsos solamente en situaciones de gran necesidad y esperar un momento “seguro” en el que poder expresar sus sentimientos. En un contexto en el que los negros nunca podían prever cuanto tiempo iban a estar juntos, ¿qué forma podría tomar el amor? Amar, en ese contexto, podía hacer vulnerable a una persona a un sufrimiento insoportable. De forma general, era más fácil para los esclavos una relación emocional sabiendo que esa relación sería transitoria. La esclavitud creó en el pueblo negro una noción de intimidad unida al sentido practico de su realidad. Un esclavo que no fuese capaz de reprimir o contener sus emociones, tal vez no consiguiese sobrevivir.

Emociones reprimidas: la llave de la superviviencia

La práctica de reprimir los sentimientos como estrategia de supervivencia continuó formando parte de la vida de los negros después de la esclavitud. Como el racismo y la supremacía de los blancos no fueron eliminados con la abolición de la esclavitud, los negros tuvieron que mantener ciertas barreras emocionales. Y, en general, muchos negros empezaron a creer que la capacidad de contener las emociones era una característica positiva. Con el paso de los años, la habilidad de ocultar y enmascarar los sentimientos pasó a ser considerada como una señal de personalidad fuerte. Mostrar los sentimientos era una tontería. Tradicionalmente, las personas del sur del país enseñaban a los niños cuando aún eran pequeños que era importante reprimir las emociones. Normalmente los niños aprendían a no llorar cuando se les pegaba.
Expresar los sentimientos podía significar un castigo aún mayor. Los padres avisaban: “No quiero ver ninguna lágrima”. Y si el niño lloraba, amenazaban: “Si no paras, te voy a dar una razón más para llorar”.

¿Cómo es posible diferenciar ese comportamiento de aquel del señor esclavista que golpeaba a su esclavo sin permitir que experimentase ninguna forma de consuelo o que tuviese un espacio para expresar su dolor? Y si tantos niños negros aprendieron desde temprano que expresar las emociones es señal de debilidad, ¿cómo podrían estar abiertos para amar? Muchos negros han transmitido esta idea de generación en generación: si nos dejamos llevar, si nos rendimos a las emociones, estaremos comprometiendo nuestra supervivencia. Ellos creían que el amor disminuye nuestra capacidad de desarrollar una personalidad sólida.

¿Alguna vez nos amaste?

Cuando era niña, me daba cuenta de que fuera del ámbito de la religión y del romance, los adultos veían el amor como un lujo. La lucha por la supervivencia era más importante que el amor. Solamente las personas más mayores –nuestras abuelas y bisabuelas, nuestros abuelos y bisabuelos, nuestros padrinos y madrinas- parecían dedicadas al arte y al acto de amar. Nos aceptaban, nos cuidaban, nos prestaban atención y, sobre todo, afirmaban nuestra necesidad de experimentar placer y felicidad. Eran cariñosos y lo demostraban físicamente. Nuestros padres y su generación, que sólo pensaban en prosperar en la vida, generalmente transmitían la impresión de que el amor era una pérdida de tiempo, un sentimiento o un acto que les impedía ocuparse de cosas más importantes.

Cuando yo daba clases sobre el libro Sula de Toni Morrison, me daba cuenta de que mis alumnas se identificaban con una parte en la que Hannah, una mujer negra ya adulta, pregunta a su madre, Eva: “¿Alguna vez nos amaste?” Y Eva responde bruscamente: “¿Cómo tienes el valor de hacerme esa pregunta? ¿No estás sana? ¿Es que no te das cuenta?” Hannah no queda satisfecha con la respuesta, ya que sabe que su madre siempre procuró satisfacer sus necesidades materiales. Por lo que ella estaba interesada era por otro nivel de cuidado, de cariño, de atención. Y le dice a Eva: “¿Alguna vez jugaste con nosotros?” Una vez más, Eva como si la pregunta fuese totalmente ridícula, responde:

¿Jugar? Nadie jugaba en 1895. ¿Sólo porque ahora las cosas son fáciles crees que siempre fueron así? En 1895 nada era fácil. Era muy duro. Los negros morían como moscas… ¿Piensas que me iba a poner a jugar con mis hijos? ¿Qué iban a pensar de mi?
La respuesta de Eva muestra que la lucha por la supervivencia no significaba solo la forma más importante de cariño, sino que se situaba por encima de todo. Muchos negros todavía piensan así. Cubrir las necesidades materiales es sinónimo de amar. Pero está claro que incluso cuando se poseen privilegios materiales, el amor puede estar ausente. Y que incluso en un contexto de pobreza, cuando la lucha por la supervivencia se hace necesaria, es posible encontrar espacios para amar y jugar. Esa clase de cariño que alimenta corazones, mentes y también estómagos. En nuestro proceso de resistencia colectiva es importante atender tanto las necesidades emocionales como materiales.
No es casualidad que el diálogo sobre el amor en el libro Sula se produzca entre dos mujeres negras, entre madre e hija. Su relación simboliza una herencia que se reproducirá en otras generaciones. Es verdad que Eva no alimenta el crecimiento espiritual de su hija, Sula. Sin embargo, Eva simboliza un modelo de mujer negra “fuerte”, de acuerdo con su estilo de vida, por su capacidad de reprimir emociones y garantizar su seguridad material. La suya es una forma práctica de definir nuestras necesidades, como en aquella canción de Tina Turner: “¿Qué es lo que tiene que ver el amor con eso?”.

Si conociésemos el amor

El amor necesita estar presente en la vida de todas las mujeres negras, en todas nuestras casas. Es la falta de amor la que ha creado tantas dificultades en nuestras vidas, en nuestra supervivencia. Cuando amamos, deseamos vivir plenamente. Pero cuando las personas hablan de la vida de las mujeres negras, raramente se preocupan de garantizar cambios en la sociedad que nos permitan vivir plenamente.
Generalmente, enfatizan nuestra capacidad de “sobrevivir” a pesar de las circunstancias difíciles, o de cómo podremos sobrevivir en el futuro. Cuando amamos, sabemos que es necesario ir más allá de la supervivencia. Es preciso crear condiciones para vivir plenamente. Y para vivir plenamente las mujeres negras no pueden negar por más tiempo su necesidad de conocer el amor.

Para conocer el amor, primero necesitamos aprender a responder a nuestras necesidades emocionales. Eso puede significar un nuevo aprendizaje, pues fuimos condicionadas a pensar que esas necesidades no eran tan importantes. Por ejemplo, en su libro El Hábito de la Supervivencia: Estrategias de Vida de las Mujeres Negras, Keshno Scott narra una experiencia importante que la enseñó a sobrevivir:
Cuando tenía trece años, me quedé parada delante de la puerta de la sala. Mis ropas estaban mojadas. Mis cabellos chorreando. Estaba llorando, agitada, necesitando los brazos de mi madre. Ella me miró de arriba abajo, lentamente, se levantó del sofá y caminó hacia mi con el cuerpo cargado de críticas. Quieta, con las manos en la cintura, su sombra sobre mi rostro, me preguntó sin conseguir esconder la rabia: “¿Qué ha pasado?” Vacilé sorprendida por su rabia y respondí: “Colocaron mi cabeza en la PRIVADA: VER. Dijeron que no podía nadar con ellas”. “Ellas” eran ocho niñas blancas de la escuela. Intenté abrazarla, pero ella se apartó bruscamente diciendo: “¡Qué infierno! Coge tu abrigo y vámonos”.

En aquel momento, Keshno estaba aprendiendo que sus necesidades emocionales no eran importantes. A continuación, escribe: “Mi madre me enseñó una valiosa lección aquel día. Aprendí que debía luchar contra la discriminación racial y sexual”. Está claro que esa es una lección importante para las mujeres negras. Pero Keshno estaba aprendiendo también una lección dolorosa: a sentir que no merecía ser consolada tras una experiencia traumática, que ni siquiera debería esperar serlo, que sus necesidades individuales no eran tan importantes como la lucha de resistencia colectiva contra el racismo y el sexismo. Imaginen lo diferente que sería esa historia si, al entrar en la sala tan afectada, Keshno hubiese recibido consuelo de su madre si ésta primero la hubiese ayudado a peinarse y arreglarse y después le hubiese explicado la necesidad de confrontar (quizá no aquel momento, si Keshno no estaba preparada emocionalmente para el enfrentamiento) a las alumnas blancas que la atacaron. Así, Keshno habría aprendido, a los trece años, que su salud emocional era tan importante como el movimiento contra el racismo y el sexismo; que, en realidad, esas dos experiencias estaban relacionadas.

Muchas de nosotras, mujeres negras, aprendimos a negar nuestras necesidades más íntimas a la vez que desarrollábamos nuestra capacidad de afrontar la vida pública. Por eso con mucha frecuencia tenemos éxito en el trabajo pero no en la vida privada. ¿Entienden lo que quiero decir? Cuando vemos una mujer negra segura de si, de su trabajo, es muy probable que si vamos a visitarla sin avisar, con excepción del salón, el resto de la casa va a estar desordenada, como si hubiese pasado un huracán. Creo que ese caos representa un reflejo de su interior, de la falta de cuidado consigo misma. Desde el momento en que creamos, a ser posible desde la infancia, que nuestra salud emocional es importante, podremos satisfacer el resto de nuestras necesidades. Muchas veces confundimos el reconocimiento de nuestras emociones con el deseo de mantenerlas controladas. Cuando ignoramos nuestras necesidades reales, la tendencia es a fragilizarnos, a volvernos vulnerables y emocionalmente inestables. Las mujeres negras se esfuerzan mucho por esconder esa situación.

Volviendo a la madre de Keshno, es probable que el dolor de su hija le haya traído recuerdos de sus propias heridas, nunca reveladas. ¿Quizá asumió esa actitud crítica, dura, incluso cruel, para no exponerse, llorar, y dejar de ser “una mujer negra fuerte”? Sin embargo, si hubiese llorado, su hija habría sabido que se identificaba con aquel dolor, que podía hablar del asunto, que no necesitaba guardar el dolor. Esa actitud representa lo que muchas de nosotras presenciamos en circunstancias similares: ella mantenía el control. Hasta su postura física reflejaba que mantenía el dominio de la situación. Está claro que, como mujer negra, esa madre pretendía que su presencia fuese más fuerte que la de las niñas blancas.

Un modelo de madre que sabe como apoyar a su hija en una situación de sufrimiento aparece en la novela Sassafrass, Ciprés e Indigo, de Notazake Shange. Ese libro retrata mujeres negras fortalecidas por el amor de su madre. Incluso cuando no está de acuerdo con las opciones de sus hijas, esa madre las trata con respeto y les ofrece consuelo. Lo que sigue a continuación es un fragmento de una carta que ella escribió para Sassafrass, que atraviesa dificultades y quiere volver a casa. La carta comienza así: ¡Claro que puedes volver a casa! Pase lo que pase, nunca te voy a dejar de amar. Primero le demuestra su amor, después la aconseja, y por último vuelve a expresar su amor:
Tu y Ciprés me volvéis loca con vuestro estilo de vida alternativo. Necesitáis dejar de nadar a contracorriente. Vuelve a casa y resolvamos esta situación. Tendrás muchas opciones y nadie te va a molestar o engañar. No hay nada como un día después de otro. Te levantas. Comes, vas a trabajar, vuelves a casa, comes otra vez, descansas y te vas a dormir. Nuestra situación mejoró. Continúo preguntándome dónde erré. Pero en el fondo siento que no estoy equivocada. Tengo razón. El mundo está patas arriba y está intentando enloquecer a mis hijas. Ya basta. Te quiero mucho. Te estás haciendo una mujer madura y yo sé lo que eso significa. Vuelve a casa. Sé que vas a descubrir algo más sobre ti. Con amor, mama.

Amando aquello que vemos

El arte y la práctica de amar comienzan con nuestra capacidad de conocernos y afirmarnos. Es por eso que tantos libros de auto-ayuda nos dicen que debemos mirarnos a un espejo y hablar con nuestra imagen. Me he dado cuenta de que a veces no amo la imagen que allí se refleja. La inspecciono. Desde que me levanto y me veo en el espejo, me comienzo a analizar, no con la intención de afirmarme, sino de criticarme.
Eso era común en mi casa. Cuando mis cinco hermanas y yo bajábamos las escaleras en dirección hacia el territorio ocupado por mi padre, mi madre y mis hermanos entrábamos en el mundo de la “crítica”. Todo era observado y todo estaba equivocado en nosotras. Raramente nos elogiaban.

Cuando sustituyo la crítica negativa por el reconocimiento positivo, me siento más fuerte para comenzar el día. La afirmación es el primer paso para cultivar nuestro amor interior. Uso la expresión “amor interior” y no “amor propio” porque la palabra “propio” por lo general se usa para definir nuestra posición en relación a los otros. En una sociedad racista y machista, la mujer negra no aprende a reconocer que su vida interior es importante. La mujer negra descolonizada necesita definir sus experiencias de forma que otros entiendan la importancia de su vida interior. Si pasásemos a observar nuestra vida interior, encontraríamos un mundo de emociones y sentimientos. Y si nos permitiésemos sentir, afirmaríamos nuestro derecho de amar interiormente. A partir del momento en que conozco mis sentimientos, puedo también conocer y definir aquellas necesidades que sólo alcanzaré en comunión o en contacto con otras personas.

¿Dónde está el amor, cuando una mujer negra se mira y dice: Veo una persona fea, oscura, demasiado gorda, demasiado miedosa –que no merece ser amada, porque ni a mi me gusta lo que veo. O, tal vez: Veo una persona herida, que es puro dolor, y no quiero ni mirarla porque no sé que hacer con ese dolor. Ahí el amor está ausente. Para que esté presente es necesario que esa mujer se decida a mirarse internamente, sin culpa ni censura. Y al describir lo que ve, tal vez se de cuenta de que su interior merece o necesita amor.

Nunca oí a una mujer negra decir en un grupo de apoyo que no necesitaba amor. Ella puede incluso querer esconder esa necesidad, pero no es necesario mucho tiempo de análisis para que lo reconozca. Si preguntamos directamente a una mujer negra si necesita amor, la respuesta probablemente será positiva. Para amarnos interiormente, necesitamos, antes que ninguna otra cosa, prestar atención, reconocer y aceptar esa necesidad. Si creemos que no seremos castigadas por reconocer quienes somos o qué sentimos, podremos entender mejor nuestras dificultades. Normalmente me entrevisto a mi misma y creo que otras mujeres deben hacer lo mismo. A veces es difícil entrar en contacto con mis sentimientos, pero cuando me hago una pregunta, generalmente encuentro la respuesta.

Algunas veces nos miramos y vemos tanta confusión, tanto dolor, que no sabemos qué hacer. Entonces necesitamos buscar ayuda. A veces llamo a mis amigos y les digo: “No soy capaz de entender lo que siento y no sé qué hacer. ¿Me podéis ayudar?” Muchas mujeres negras no se atreven a pedir ayuda, pues eso significaría una señal de debilidad. Necesitamos liberarnos de ese condicionamiento. Tener capacidad de pedir ayuda significa que tenemos poder. Cada vez que buscamos ayuda nuestro poder, en vez de disminuir, aumenta. Experiméntalo. Por lo general, buscamos ayuda en momentos de crisis. Pero podemos evitar la crisis si reconocemos nuestra dificultad para relacionarnos con una determinada situación. Para las mujeres negras acostumbradas a mantener el control de las situaciones, pedir ayuda puede significar la práctica del amor, de la confianza, reconocer que no tenemos que resolver todo solas. La práctica de amarnos interiormente nos revela que nuestro espíritu necesita, además de ayudarnos, entender mejor las necesidades de las otras personas.

Las mujeres negras que escogen (y aquí enfatizo la palabra “escogen”) practicar el arte y el acto de amar, deben dedicar tiempo y energía a expresar su amor hacia otras personas negras, conocidas o no. En una sociedad racista, capitalista y patriarcal, los negros no reciben mucho amor. Y es importante para quienes estamos pasando por un proceso de descolonización darnos cuenta de cómo otras personas negras responden al sentir nuestro cariño y amor. El otro día mi amiga T. me contó que visita a menudo y conversa con un señor mayor que trabaja en una tienda cerca de su casa. Y que él, recientemente, le expresó su gratitud por el cariño que recibe de ella. Años atrás, cuando ella pasaba por un proceso de autodestrucción, no tenía “ganas” de demostrar su cariño. Hoy ella le transmite a él el mismo cariño que espera recibir de otras personas.

Cuando yo era una niña algunas mujeres negras me amaron de una forma “incondicional”. Así, aprendí que el amor no necesita ser conquistado. Ellas me enseñaron que yo merecía ser amada; su cariño nutrió mi crecimiento espiritual.

Muchos negros, y especialmente las mujeres negras, se acostumbraron a no ser amados y a protegerse del dolor que eso causa actuando como si solamente las personas blancas u otros ingenuos pudiesen recibir amor. Una vez les dije a un grupo de mujeres negras que me gustaría vivir en un mundo donde existiese amor, donde pudiese amar y ser amada. Ahora, ellas se ríen de mi cada vez que nos encontramos. Para que ese mundo pueda existir es preciso acabar con el racismo y todas las formas de dominación. Si elijo dedicar mi vida a la lucha contra la opresión, estoy contribuyendo a transformar el mundo en el lugar en el que me gustaría vivir.

El amor cura

A través del Poema de Mujer, de Nikki Giovanni me di cuenta del proceso de autodestrucción que viven las mujeres negras. Publicado en el libro La Mujer Negra, editado por Toni Cade Bambara, el poema termina así: mira a aquella que vivió toda su vida marcada por la infelicidad porque es la única verdad que conozco. En ese poema, Giovanni sugiere que las mujeres negras fueron socializadas para cuidar de los otros e ignorar sus necesidades, y muestra cómo la autodestrucción nos hace abandonar a quienes nos quieren. La mujer negra se dice a sí misma: Como te atreves a quererme, y eso no tiene sentido porque yo soy una mierda, es que debes ser peor que yo. Ese poema fue escrito en 1968. Algunas décadas después, las mujeres negras continúan luchando por reconocer su dolor y encontrar formas de curarlo. Aprender a amar es una forma de sanación.

La idea de que el amor significa nuestra expansión porque nutre tanto nuestro propio crecimiento espiritual como el de otras personas, me ayuda a crecer y a afirma que el amor es acción. Esa definición es importante para los negros porque no enfatiza sólo el aspecto material de nuestro bienestar. Es necesario atender nuestras necesidades emocionales a la vez que nuestras necesidades materiales,. Me gusta mucho aquel pasaje de la Biblia, en los Proverbios, que dice: Una comida de hierbas, cuando existe amor, es mejor que una bandeja de plata llena de odio.

Cuando nosotras, mujeres negras, experimentamos la fuerza transformadora del amor en nuestras vidas, asumimos actitudes capaces de alterar completamente las estructuras sociales existentes. Así podremos acumular fuerzas para enfrentarnos al genocidio que mata diariamente a tantos hombres, mujeres y niños negros. Cuando conocemos el amor, cuando amamos, es posible mirar el pasado con otros ojos; es posible transformar el presente y soñar el futuro. Ese es el poder del amor. El amor cura.

*Es profesora y autora de un gran número de publicaciones sobre raza, clase y género. Actualmente vive en Nueva York.
* Publicado originalmente en Whity, Eveln C. (1004) The Black Wome’n Health Book, Washington: Seal Press.
Traducción: Menchu Mozo